El 8 de noviembre del año veintiuno del reinado de Adriano (siglo II), la Emperatriz Sabina recibe en sus aposentos del Palatino romano la visita del Emperador, su primo y marido.
Él tiene sesenta y un años y arrastra una larga enfermedad. Ella, de cuarenta y ocho, hace ya décadas que ha perdido el gusto por la vida. Por eso, cuando escucha de labios de su esposo su condena a muerte, ni huye ni se resiste. Acata la situación como si la estuviera esperando desde hace tiempo y, sabedora de que deberá morir antes de que el sol del día siguiente alcance su máxima altura, manda llamar a una poetisa de su corte, Julia Balbilia, a quien cuenta su vida como si le entregara su testamento, para que las generaciones futuras sepan de su dolor y su padecimiento.