Si hay algo en la España de hoy que difícilmente pueden negar ni tan siquiera los optimistas antropológicos (especie a la que pertenece, sin duda, nuestro Presidente), es la imagen de debilidad que transmite a nivel político e institucional. Pocas veces ha estado España tan mal representada por el Poder Ejecutivo, y pocas veces han estado nuestros intereses patrios peor defendidos desde el Gobierno, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.
Los continuos conflictos con Marruecos, que han aderezado informativamente el siempre insulso y ficticio mes de agosto, son una buena muestra de ello. El sultán alauí se empeña en provocar situaciones de tensión extrema con su vecino del norte, consciente de que Zapatero es una paloma de la paz con las patas manchadas de barro. Se atreve a agredir a España, porque ni su amigo el Rey Don Juan Carlos (que, a otro nivel, podría hacerlo), ni el inquilino de La Moncloa van a plantar cara a las provocaciones.
Lo mismo ocurre en Afganistán. Zapatero, que nos sacó de Irak por la puerta de atrás dando una imagen lamentable de cobardía y falta de respeto a las más elementales normas de la "liturgia" militar y estratégica de defensa, menea su aval de las Naciones Unidas para mantener allí a nuestros soldados y guardias civiles en una situación deplorable. Las recientes muertes de nuestros compatriotas apenas han merecido valoración alguna para quienes, no hace mucho, desde la oposición, clamaban por la paz mundial y el regreso de los españoles a su patria. La incoherencia no puede ser mayor, y la imagen exterior no puede ser peor.
Así, con un país que se cae a pedazos, un presidente del Gobierno desnortado y caduco, ayuno de ideas y conocimientos, que no sabe ni adónde va ni hacia dónde nos lleva, los países del resto del mundo nos miran con recelo e incredulidad, con vergüenza ajena. Nadie nos quiere como socios porque representamos lo peor en política: la debilidad, que el amigo la detesta y el enemigo la aprovecha en su propio interés.