Rafael Nieto
Última actualización 11/02/2010@12:40:39 GMT+1
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| Rafael Nieto |
Si hay alguien que pida manos para lapidar a la mujer adúltera, que no cuente conmigo. Siempre me dio repelús eso de los chivos expiatorios, los juicios paralelos y la gente que se cree tocada por la divinidad para determinar quién es bueno y quién malo. Ahora, Belén Esteban es la cabeza de turco que todos necesitamos para sentirnos fuertes en nuestra unidad ficticia, la unidad de los "cultos", "inteligentes" y "normales" contra los que han sido ubicados fuera de la normalidad; en la hiperrealidad catódica que tanto nos entretiene por la noche.
La señora en cuestión, se lo aseguro, no puede contarme entre sus defensores. Sé quien es de auténtico milagro, jamás la he visto más de dos minutos seguidos y apenas podría escribir cuatro líneas sobre su filosofía de vida (¿cuatro?, ni de coña, dos). Pero aún más que el hecho de que la interfecta se haya convertido en referente obligado para los televidentes españoles me fastidia y me cabrea ese desprecio cruel e hipócrita hacia su persona. Esa superioridad de quienes, desde una inexistente atalaya moral, se permiten insultarla y despreciarla como si hubiera perdido una dignidad humana que nadie posee ni en exclusividad ni en especial abundancia.
¿Que gana mucho dinero?, menos de la centésima parte que las empresas que la contratan. ¿Que es una ordinaria y presume de chabacanería?, quizá no tanto como aquellos que ven los programas en los que interviene. ¿Que es una inculta?, ohhhhh, ¡es que somos tan cultos los españoles de hoy...!
Nos encanta lapidar adúlteras. Y si no pueden defenderse, mejor. Y si las consideramos por debajo de nosotros en cualidades, potencias y virtudes, mejor que mejor. Nos encanta repartir carnés de presentables e impresentables. Somos expertos en mostrarnos dóciles con el poderoso y valientes con el débil. Y a Belén Esteban, la llamada irónicamente "princesa del pueblo" tenemos derecho a ponerla a caldo porque, indiscutiblemente, es inferior a la media nacional. Qué duda cabe.
Pero qué poco decimos, en cambio, de las empresas cuyos directivos se forran gracias, entre otras, a esta señora. Qué poco estiramos nuestro índice acusador hacia aquellos presuntos periodistas que se prestan, por cuatro duros, a debatir con quien simplemente no tendría por qué debatir nada en un medio de comunicación (antaño, lugar destinado a configurar la opinión pública). Qué acostumbrados estamos a consumir sin rechistar la alfalfa catódica que ciertos jerifaltes nos administran por vía ocular para nublar nuestras mentes.
Preguntémonos, si queremos parecer medio serios, qué está pasando con los medios de comunicación en España. Ejerzamos la autocrítica, y digamos con sinceridad qué hacemos cada uno de nosotros por hacer una sociedad mejor, por conseguir que los programas más vistos en televisión sean los más dignos, los más respetables, los más y mejor trabajados, los que ennoblecen el medio. Tengamos el coraje de reconocer que todos somos un poco Belén Esteban, que la sociedad en la que ella vive no es un planeta distinto sino el único hábitat en el que podría haber existido, y que, en definitiva, quizá cualquiera de nosotros, en sus circunstancias, podríamos haber sido parecidos.
A no ser que sigamos creyendo que estamos ungidos, claro.